Fuego, máscaras, láseres y una ciudad en ruinas convierten el Estadi Olímpic en el escenario de una distopía, donde The Weeknd recorre en Barcelona quince años de trayectoria. Una historia que comenzó con House of Balloons, a la que se fueron sumando los excesos, la fama, la culpa y el deseo, y que ahora parece cerrar el círculo y llegar a su fin.
Alrededor de treinta figuras encapuchadas, vestidas de rojo, aparecen sobre el escenario. El fuego irrumpe entre ellas. Las pulseras luminosas de las gradas comienzan a encenderse al mismo tiempo. Entre las túnicas rojas emerge una figura vestida de negro, con el rostro cubierto por una máscara robótica cuyos ojos desprenden luz roja.
Parece una ceremonia.
Es The Weeknd. Pero todavía no es Abel Tesfaye.
El artista canadiense ha decidido empezar por el final. Su After Hours Til Dawn Tour, que llegó el martes 1 de septiembre por la noche al Estadi Olímpic Lluís Companys de Barcelona después de tres noches en Madrid, convierte el concierto en algo más que un recorrido por sus grandes éxitos. El espectáculo funciona como el cierre de una historia que The Weeknd lleva construyendo desde hace años a través de After Hours (2020), Dawn FM (2022) y Hurry Up Tomorrow (2025).
Noche, amanecer y mañana. Caída, confrontación y transformación.
Su último álbum, Hurry Up Tomorrow, habla precisamente del deseo de dejar atrás una identidad construida durante años. ¿Qué sucede cuando Abel Tesfaye ya no quiere seguir siendo The Weeknd? Un concierto que funciona como celebración y, al mismo tiempo, como una despedida.
La propia escenografía parece haber envejecido con el personaje. Si en la anterior etapa de la gira los edificios que rodeaban el escenario permanecían en pie, ahora aparecen derruidos, como los restos de una ciudad después de la catástrofe. La imagen refuerza el carácter distópico de Hurry Up Tomorrow: no estamos ante el mismo mundo que The Weeknd habitaba en After Hours, sino ante lo que queda después de él.
El espectáculo comienza con Baptized In Fear, siguiendo con Open Hearts y Wake Me Up, el escenario se muestra como un paisaje postapocalíptico, donde la escenografía es clave, entre humo, láseres y luces.
Al igual que la gigantesca figura de casi diez metros, cuyo significado no ha sido explicado de forma definitiva y ha alimentado distintas interpretaciones entre los seguidores del artista. Una de las lecturas más extendidas la relaciona con una versión idealizada de The Weeknd o todo en lo que él ansía convertirse: una figura perfecta, casi sobrehumana, que observa al cantante y el espectáculo desde el centro del escenario, casi como si fuera testigo del viaje.
Entonces llega After Hours.
The Weeknd retrocede hasta el primer capítulo de la trilogía para adentrarse en la noche: drogas, sexo, fama, soledad, relaciones destructivas y autodestrucción. Después aparece Starboy, el himno de la superestrella mundial en la que se convirtió. El público canta, las pulseras se iluminan y los láseres atraviesan el estadio.
Durante las actuaciones, las más de treinta bailarinas, conocidas como stargirls, cubiertas con túnicas rojas y mascaradas doradas, completan la actuación ocupando toda la pasarela, una puesta en escena que tiene tanto de concierto como de película.
La producción es gigantesca, pero no consigue eclipsar al cantante. En algunos de los momentos más impactantes de la noche, esencialmente en canciones como I Was Never There o The Hills, es su voz la que ocupa todo el espacio. Notas largas, inflexiones y momentos que su voz casi desnuda recuerda que detrás de la maquinaria visual también hay un intérprete extraordinario.
La máscara no desaparece hasta Faith. Cuando finalmente se la retira, el público estalla en gritos y aplausos.
“El concierto de ayer en Madrid fue muy ruidoso, así que espero…”, son las primeras palabras que dirige a su público antes de que los fans le interrumpan con una respuesta atronadora. Barcelona recoge el reto. Durante toda la noche, The Weeknd juega con la ciudad, cambia letras para introducir su nombre y repite “Barcelona” numerosas veces hasta convertirlo casi en otro de los estribillos de su música.
El ritmo avanza sin descanso. Cry For Me, São Paulo, Take My Breath, Sacrifice, How Do I Make You Love Me?, Can’t Feel My Face y Often convierten el Estadi en una pista de baile. El espectáculo se mueve entre lo oscuro y lo resplandeciente, lo maquinal y lo sensual. El fuego aparece una y otra vez, especialmente durante The Hills, mientras el público baila, grita y levanta sus teléfonos.
La aparición de Playboi Carti, telonero del cantante, para Timeless y Rather Lie introduce un paréntesis de diversión. Ambos artistas se mueven por el escenario con complicidad mientras la figura dorada se ilumina con láseres verdes y el fuego vuelve a rodearlos.
Después, el ritmo cambia.
En One of the Girls, casi al finalizar la canción, The Weeknd guarda silencio y da el relevo a su público, que responde con entusiasmo haciendo temblar todo el estadio. En Out of Time, baja con el público para escoger quién canta o chilla con pasión su canción, mientras que en Feel It Coming mientras vuelve al escenario, recibe un pequeño peluche verde de sus seguidores. Son momentos pequeños dentro de un montaje enorme, pero que consiguen acercar a la estrella a quienes han venido a verla.
El concierto entra entonces en el territorio de Dawn FM, el purgatorio antes del amanecer. Die For You, Is There Someone Else?, Call Out My Name y The Abyss recuperan la parte más vulnerable de su repertorio. Las bailarinas vuelven a rodearlo, formando un pasillo para que pueda avanzar solo hasta llegar a la parte superior del escenario. Es durante esta canción, cuando el fuego vuelve aparecer mientras que una pequeña luz comienza a iluminar progresivamente todo el largo escenario.
La oscuridad empieza a ceder.
Save Your Tears y Less Than Zero devuelven al público la celebración. Después llega Blinding Lights, el himno ochentero con el que The Weeknd conquistó las listas y que Billboard llegó a coronar como la canción más grande de la historia del Hot 100; hizo estallar el estadio entero. Las luces siguen el ritmo, las voces de miles de personas se convierten en un único coro mientras The Weeknd recorre la pasarela entera. Una canción nacida de la soledad termina convertida en una celebración colectiva.
Durante Without a Warning, las puertas proyectadas en las pantallas comienzan a cerrarse mientras las bailarinas van desapareciendo, hasta cerrarse. Parece el final, pero todavía queda un último regreso.
Después de recorrer quince años de carrera, The Weeknd vuelve al origen. House of Balloons.
La mixtape de 2011, el principio de todo, aparece casi al final del espectáculo. Antes de Starboy, antes de Blinding Lights, antes de los estadios. Enormes globos comenzaron a recorrer la pista y las gradas mientras el público jugaba con ellos y canta.
Finalmente llega Moth to a Flame. La figura dorada se ilumina, el fuego crece detrás del escenario y los fuegos artificiales estallan mientras el cantante lleva la voz hasta el límite, dando cierre a la espectacular noche.
Durante dos horas ha recorrido la noche, el exceso, la culpa, la fama y el deseo de escapar de sí mismo. Después de quince años, vuelve al principio. Quizá para cerrar una historia haya que regresar exactamente al lugar donde empezó.
El artista firma la cámara, y entonces, por última vez, se despide de Barcelona.
