Victoria de Vettel con Lewis Hamilton segundo y Kimi Raikkonen tercero en un GP de Australia emocionante, vibrante y mágico. Pura Fórmula 1, un deporte en el que cuando parece que todo está fabricado, cualquier hilo suelto puede transformar el telón de la obra y hacer que el teatro pase de la tragedia a la comedia. O a la inversa.

Y eso es lo que pasó en la vuelta 32 cuando el Haas de Romain Grosjean se quedó parado en mitad de la pista con un problema de ruedas o de suspensión, según versiones. En ese momento Hamilton, que había salido bien, era líder con Raikkonen a dos segundos, Vettel a otros dos del finlandés y por detrás un grupo en el que Ricciardo luchaba con los Haas, más atrás Alonso que acababa de pasar a Carlos Sainz por la novena plaza. Pero ese coche de seguridad lo cambió todo. Con el safety entra Vettel a cambiar neumáticos que no lo había hecho aún y gana 15 segundos a Hamilton y Raikkonen que habían parado antes, algo parecido hace Alonso que se pone sexto, pero el asturiano advierte que Verstappen le pasó con bandera amarilla. Alonso es quinto cuando el safety car se va. Y a partir de ahí las batallas, entre Vettel y Hamilton, Raikkonen y Ricciardo… Alonso y Verstappen.

Por su parte, Alonso volvió a sentirse piloto de Fórmula 1, y no porque se le hubiera esfumado el talento, los reflejos o la motivación. Fue por algo tan sencillo como poder deshacerse una raqueta de madera en la era del grafito. Al volver a tener en sus manos un monoplaza capaz de competir en la zona media (del séptimo al duodécimo), consiguió a la primera un quinto puesto, y eso que esas posiciones parecían ya adjudicadas de antemano a Mercedes. Ferrari o Red Bull.

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