El concierto de Rozalén fue abierto con “La puerta violeta”, con sus dos primeras canciones de la noche, la artista quiso dar su particular golpeo al machismo y reivindicación del feminismo, que no hembrismo, dos términos comúnmente usados de forma errónea por el ser humano.

A lo largo del concierto, María muestra su naturalidad y sus sentimientos entre canción y canción, momentos en los que transmite al público lo que sus temas representan para ella, y dando explicación del origen de algunos de ellos, momentos sin los cuales no hubiéramos respirado a la auténtica Rozalén del que el público está cautivado.

Con “las hadas existen”, Rozalén siguió ganándose al público, haciendo subir a todos los niños presentes para cantar junto a ella este tema, hecho que logra transmitir esa inocencia particular de la infancia, tratando de hacer emerger al niño que llevamos dentro.
Para Rozalén la noche de ayer fue muy especial, sobre todo por la posibilidad de conocer y abrazar a alguien muy especial para ella que se encontraba entre el público, ella era la hija de Ascensión, antigua “novieta” de Justo, su tío abuelo, al que le dedica uno de los temas de su disco y en el que aparece nombrada en el primer minuto de la canción. Sin duda, ese momento fue el momento culminante de la noche, todo el auditorio, repleto de espectadores, en pie, aplaudiendo la obra de arte que se transmitió desde el escenario, y es que las obras de arte, no siempre son físicas. Rozalén puede estar orgullosa de que todo el público viviera en primera persona lo que representaba ese momento para ella, por lo que, haciendo mención a uno de sus comentarios de la noche en el que lamentaba la gran enfermedad que padece el ser humano: la falta de empatía… ese momento, ese auditorio, ese público y ese aplauso no fue más que la muestra de que todavía hay esperanza y rallos de empatía, siendo ella misma la que lo logró hacer florecer entre el patio de butacas.

El grupo dio fin con uno de sus temas más revolucionarios, que para ella resume todo su disco “Respect” un estilo electro con el que presenta a todos los integrantes al ritmo de la música, con Samuel e Ismael escaleras arriba, animando al público a bailar.

A la salida del Auditorio, se escuchaba a los asistentes comentar el concierto, y todos ellos salían agradecidos, más que sorprendidos, de haberles regalado 120 minutos de auténtica emotividad, transparencia, naturalidad, lágrimas y diversión en un mismo lugar.

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